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Resulta fácil o conveniente creer que existen un principio y un final determinados y delimitando con claridad y sencillez una experiencia como ésta o como cualquier otra.  Para mí no es tan fácil determinar el momento exacto en el cual he iniciado de la misma forma que me es imposible saber dónde se encuentra mi final. Sé que debe existir un comienzo.  ¿Mas dónde se encuentra?  No puedo tener la certeza de dicho momento, pues mi gestación pudo haber ocurrido en una mente distinta de la mía.  Mi camino pudo haber sido trazado en un momento y mi concepción en otro. Desconozco el instante de mi nacimiento y de la misma forma el momento en el cual mi final ocurrirá. Esto no se debe a que el final se encuentra en un punto sitio, tiempo, o lugar remoto e inaccesible, enmarcado en un lejano futuro.  Se debe a que, en este particular estado de mi conciencia, no me es posible concebir o contemplar la forma en que mi final podría ocurrir.  Llegará mi final cuando sea físicamente imposible contemplárseme? ¿Llegará mi final cuando cese de ser la memoria de lo que fui? ¿El recuerdo de lo que pude haber sido? ¿Será mi final solamente un instante imperceptible para mí que transcurre desde el momento en el cual soy invisible y en el momento en el cual vuelvo a revelarme y transmitir estas ideas, siendo esto que soy; es decir letras, palabras, oraciones, frases e ideas?  Pienso que mi final ocurrirá cuando este lenguaje se torne en imágenes incomprensibles.  Cuando todas estas locuciones pierdan todo significado.  Cuando todas las palabras que existen y han existido, dejen de ser pronunciadas; quizás comprendidas. Imagino, así, que mi final resulta ser más bien una larga serie de pequeños finales.  Algunos de ellos manifestándose como pausas breves, incluso en los silencios que transcurren entre esta palabra y la siguiente (aquí, acá, uno más) y otros finales resultan ser más determinantes. El desuso de una palabra, cuya desaparición involuntariamente provoca la disolución de una idea, aunque su representación gráfica siga existiendo dentro de algún texto abandonado, existiendo en algún sitio físico, remoto e inaccesible, mas invisible a causa de su falta de uso.  Así todas las palabras, algún día, llegaremos al final de todos los finales.  No seremos vueltas a pronunciar.  No seremos repetidas ni traducidas ni transmitidas ni reinterpretadas más. Con suerte seremos trazadas; pero nuestro significado permanecerá oculto, siendo que nuestro final habrá ocurrido ya; y con éste, el legado de una experiencia particular que alguna vez en la historia del universo adquirió esta forma y fue útil; posiblemente común, hasta que el propio universo, en sus incontables circunvoluciones, decidió deshacerse de esta particular forma que utilizó alguna vez para explicarse u observarse o analizarse a sí mismo. Algún día, el universo prescindirá de la palabra y en su lugar interpondrá algún recurso quizás más exacto y eficiente para recorrerse a sí mismo.  Quizá sea el universo quien, pertinaz, ha colocado estas palabras guiando los poderes físicos necesarios para su manifestación y exhibición en esta peculiar forma. También es posible que dentro de su infinito aburrimiento tuvo a bien crear este discurso  para permitir al tiempo transcurrir, por unos instantes más, siguiendo una ruta invariable, proyectando la ilusión de que un final existe aquí.